martes, 19 de septiembre de 2017

Te queremos, Negrito, te queremos




   Eran tres, muy distintos. 
   Pocha Vigil, más distante que una pared, apechugando el invierno con un ponchito de lana, bien norteño pero del tamaño de aquellas capitas que las abuelas llamaban mañanitas. Ojalá el ponchito se haya vuelto alas, Pochita, para transitar esas alturas por las que andarás ahora. Y ojalá al vernos llenos de años y de recuerdos se te dibuje una sonrisa, una sonrisilla al menos, para que María Silvia te vea sonreír un poquitín, ya que nosotros no llegamos a saber si tenías sonrisa.
   Kely González venía desde el mundo de los adultos, pertrechada con sus anteojos rotundos y su gesto imperturbable. 
   Pero nuestro preceptor estrella era, y será, no creo que haya alguien que no esté de acuerdo, el Negrito Levin. Era el benjamín de Doña Preciada, profesora de Música y del peluquero Levin, sobre quien se explaya Don Jacobo Garber en su crónica de los primeros años de la Villa.
    Cuando llegamos a la vida del Negrito , él no era un novato, tenía diez años de antigüedad y una postura canchera y displicente de quien ya conoce el oficio. Pero la Promoción 73-77 le quemó los papeles. Debe haber sentido un gran alivio cuando nos fuimos, debe haber aplaudido bien fuerte cuando aquella lluvia de aplausos nos despidió para siempre de la tibieza de aquel patio y de las rabietas del Negrito.
   Nunca supimos nosotros, los discretos, que iniquidades le hacían las traviesas del curso. Risa estrepitosa, algún alarido, tal vez, unas lindas piernas caminando sobre los bancos... En las horas libres la convivencia se hacía agotadora y hacía crisis. El Negro aplicaba medidas disciplinarias colectivas y zanjaba la cuestión: nos ponía en fila bajo el sol bravo de la media mañana y él se apostaba como un vigilante nazi, dispuesto a escarmentarnos para el resto de la vida. 
   Nadie protestaba por la medida arbitraria y un tanto absurda, las diabluras se repetían en la hora libre de la semana siguiente y a veces hasta nos divertíamos con aquel castigo ingenuo que lo perjudicaba más a él que a nosotros.
   Hace cincuenta y cinco años que el Negrito vigila, distraído y todavía adolescente, aun cargado de canas, esos patios anegados de jolgorio del "Maestro Sarmiento": cinco años de alumno, bodas de oro como docente. Pero en cincuenta años, Negro Levín, decinos: ¿tuviste otra promoción como la del 77? No lo creemos.
   Tampoco nosotros hemos tenido a nadie que nos haya sacado al patio y haya asoleádose tan estoicamente solo por corregir nuestras impertinencias. Cuarenta años después venimos a pedirte un pequeño perdón y a decirte lo que vos siempre sospechaste: ¡Te queremos, Negrito, te queremos!


La foto la robamos de face. Je.

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