lunes, 18 de septiembre de 2017

El breque


   Íbamos en bicicleta a la escuela. Pero en ocasiones, si había que hacer mandados, íbamos en el carro a Educación Física. Era un breque, o sea un modelo de coche de paseo familiar del siglo XIX. En su origen había tenido capota y es probable que hasta tapizado. Los más paquetes solían ser negros pero podía hallarse alguno de color blanco o marfil. 
   Mi padre lo hizo restaurar con el Pelado Kolonisky: tres asientos, el de adelante y dos atrás, a los costados. Lo pintó de color verde jade y las ruedas rojo rubí. Era de un solo tiro.
   La yegua se llamaba Nieve, era robusta, hermosa, dócil y dulce, pero potente y veloz. 
   Era obligación darle una vuelta a la manzana de J.U.V.A. con las chicas, que disfrutaban del paseo como si estuvieran en Disney. 
   Fue lo primero que recordó Margo cuando la visité en su casa, casi treinta años después de nuestro egreso. Es el recuerdo que me trae Alicia, a casi cuarenta años sin vernos.
   Aquel carro que nos paseó por las cálidas calles de Villa Angela,  aquella mansa yegua, aquellas alegrías, forman parte de las postales de esos días. 


Un breque verde jade
y una yegua nevada 
traquetean nocturnos suburbios 
cálidos de cigarras.


Galope encandilado, 
no se detiene y sigue, 
nos lleva por un cielo estrellado 
hacia un patio oloroso de gallinas 
y dalias.


Ha galopado décadas, 
anda cruzando un margen de tiempo interminable, 
piafa la yegua blanca 
y un puñado de hermanos 
regresan en el breque 
al patio de la infancia.
(Humanitas -Parábolas y escenas- 2013)


La familia, con tíos de visita: el breque y Nieve. 

_@_

No hay comentarios:

Publicar un comentario