martes, 29 de agosto de 2017

El director... el profesor


   Con esos ojos que parecían dos balines a punto de dispararse en un golpe de honda y unas pocas frases secas, el profesor de dibujo ponía claro sobre oscuro con un trazo de lápiz. Se llamaba Orlando Eloy Cuesta y era el director del Bachillerato N° 5 en aquellos años. Era escultor. He visto alguna obra suya en la casa de algún colega suyo de aquellos días.
   Su severidad era proverbial. Pero vista con el caleidoscopio de cuatro décadas... su estilo no deja de despertarnos una sonrisa.
   Con él no valían las argucias de gata de las niñas que ensayaban su eterno femenino para suavizar las asperezas del profesor: -¡Sientesé bien! ¿Qué le parece si yo viniera aquí a mostrarle las piernas?- Y se levantó el pantalón para exponer una pierna chueca y peluda. Aún así, la morocha aquella, que andaba por unos pícaros diecisiete y en los últimos carnavales se había lucido como bastonera de "Iberá" cruzó el aula mordisqueando la cabeza del lápiz y ondeando sugestivamente la breve falda de su guardapolvo en busca de ayuda: -Si puede mover el bastón de la comparsa también puede mover el lápiz.
   Podía ser tolerante. Nos daba lecciones sobre la línea del horizonte y la perspectiva. Después nos sacaba a la plaza. De regreso al aula visaba resignado los plumeros que querían representar palmeras y otras vanguardistas perversiones plásticas. Instalaba sobre el escritorio alguna combinación de formas y volúmenes y nosotros devolvíamos una lamentable representación en lápiz negro que sólo él podía reconocer como dibujo.
   Era capaz de un elevado umbral de resistencia a la frustración. Aun sabiendo que entre nosotros no había ningún Rafael y ni aun un triste Modigliani, se esmeraba en enseñarnos técnicas. Para tercero ya íbamos por el óleo y el gravado. 
   Intentamos el gravado en una baldosa de plástico. Hicimos todo el engorroso proceso hasta tener el sello más o menos tallado. El último día el profesor entintó con un rodillo cada una de las planchas y nos hizo sellar con ellas una hoja de canso número 5. El resultado final era decepcionante. Yo había intentado grabar un caracol marino. El resultado en el papel era peor que decepcionante, era humillante. Hice un bollo con aquello y lo arrojé lejos de mi. 
   Entonces el profesor comenzó el visado de los trabajos. Cuando me llamó le dije que lo había desechado. -¿Porqué?- dijo. -Era muy feo. -Tiene un uno.
   Se llamaba Orlando Eloy Cuesta y dejó la dirección de la escuela justo antes de que egresáramos. Volví a verlo en Resistencia. Salíamos de clase de Humanidades. Íbamos del brazo con un novio de esos días y de pronto estaban ahí aquellos severos ojos , el mismo traje marrón, la severa cara de profesor. Pasé a su lado apabullada de timidez, sin saludarlo. No he vuelto a verlo.
   Se llamaba Orlando Eloy Cuesta. Los colegas lo recordaban como 'el petiso Cuesta', y todavía veo a Chiquitín Schoppler haciéndole bromas sobre su pasión peronista. Por eso tal vez toleraba nuestra plebeyez artística. Ejercitaba la paciencia tratando de educar al soberano. 


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jueves, 24 de agosto de 2017

Los grupos y las calles


   Se fueron esos días, claro que si. Nuestra nostalgia es mansa y dulce, sobrevuela un hálito de dicha y gratitud por esas horas compartidas en las aulas vetustas y luminosas del caserón casi colonial de Pasteur y San Martín. El cuchicheo oportuno, los debates incoherentes y entusiastas bajo la sonrisa tolerante de Noriega en las horas de ERSA, la desazón frente a la amenaza de prueba o de lección, la risa y el barullo en las clases de música o de labores. 
   Cuando aquella profesora de Ciencias de la Educación intentó hacer un sociograma para conocer como funcionaban las relaciones en nuestro curso, apenas pudo decir como conclusión: -Es un grupo muy heterogéneo. En una época de rebeliones y represiones éramos un pequeño muestrario de la vida del país, un grupo que intentaba ser democrático hasta dónde se podía, con muchachas ruidosas, contestatarias, y muchachos que jamás se involucraban en las discusiones o las rencillas.
   En cuarto año, para algunas materias, nos organizaron en tres grupos y entonces fue mucho más visible esa distribución de las complicidades y los acuerdos. Los conflictos de clase, los prejuicios raciales, las diferencias ideológicas, los méritos y desméritos, fluían libremente generando acuerdos tácitos y simpatías explícitas entre pequeños grupos. Acá, Mirta y Normi sumaban a su amistad la compañía del vecindario. Ahí Mirta Rundio e Hilda Salinas, aliadas en su mutismo, se sumían en su misterio. Allá Elsi reunía las voces cantantes de los proyectos extraclase: bailes, asados, viaje a Córdoba, etc.
   Al volver, íbamos por nuestra calle Pasteur los del Porvenir y más allá. La primera que se bajaba del grupo era  Normi Weshler, después se iban Teté y Margo, en seguida los muchachos, vecinos del bulevar, Tuny, Torres, Huachita. Con Tere seguíamos hasta La Rioja, a veces con Huachita llegábamos juntos hasta al bulevar. Después era el sol del Chaco sobre los callejones, el barullo de sus risas que se apagaba de a poco, masticar los argumentos inconclusos que nos posicionaban de este lado... inevitablemente.
   También era imaginar por qué calles irían los otros: los que invadían la plaza porque vivían en el centro: Elsi, Analía, Gladis, el gringo Elias. O los que iban por 1° de Mayo: Alicia, Emilio, Margo y Teté cuando no venían por Pasteur. Algunos se iban hacia el sur, Norita Ríos, por ejemplo.
   Eramos una bandada grande,porque siempre estábamos mezclados con los del "B".Y cuando salíamos por la pequeña verja hacia el ardido mediodía volábamos fatigados, hambrientos, pero ruidosos, en grupos que el camino a casa había impregnado de camaradería y confianza. 
   El último día, nos despidió con un aplauso toda la escuela. Algunos lloraban... Yo no. Lloré después...


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jueves, 10 de agosto de 2017

Homenaje

A Francisco Noriega, que se fue hoy.


Qué puedo darle a tu muerte, qué decirle,
qué flores regalarle a la guitarra
que colgaste a morirse de silencio; 
con cuál de las gaviotas rescatarle
el vuelo a la novela que intentabas, 
qué candela encender en la cornisa 
de los sueños quemados por los días. 

Mejor juntar con la hojarasca del recuerdo 
los menudos guijarros de aquel tiempo
y enumerar lo que me diste de prestado:
la duda, la humildad... y la costumbre
de andar en alpargatas por la vida.

Tanto hubiera querido enajenarte
esa sapiencia que alzabas lentamente
en el índice doctoral, avizor, deletéreo.

Me esforcé, te digo que lo hice,
eludí las trampas del sistema 
y cerré las compuertas del torrente
que arrastra las criaturas a la nada:
enseñé a preguntar, traté de hacerlo...
ojalá no te fueras... sin saberlo.


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