miércoles, 1 de noviembre de 2017

Pimpollo


Este pimpollo muerto 
es nuestra juventud mirándonos de lejos, 
                                                        fresco pétalo rojo, 
                                                        lustrosa hojita verde 
que aún conserva la huella de tu amistad de ayer.

Este pimpollo muerto 
que parece un cadáver aun está encendido 
                                                       de futuro 
                                                       y ensueño, 
aun es rojo que quiere perdurar en rosal.

Este pimpollo oscuro 
como el suelo y mis manos fue cortado 
                                            del tallo 
                                            para sobrevivir: 
es rojo todavía como lo fuera entonces,  
cuando todo empezaba, 
cuando la vida apenas era promesa verde, 
cuando en el horizonte nos llamaba el destino, 
cuando todo esperaba para llegar a ser.

Regalo de Margo, cuando estábamos terminando quinto año. Todavía se atisba la dedicatoria en la hoja.

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sábado, 21 de octubre de 2017

Despedida

A mi escuela le mataron los gorriones
y se quedó sin trinos y sin alas;
mi escuela tiene herida la ternura
en la verde soledad de sus ventanas.

¿Será porque me voy
que está tan triste
que se arrancó los pájaros del patio
y el verde corazón que la ilumina
                                                es árido,
                                                callado
                                                y sin encanto?
¿Será porque después
no tendrá versos
en el mástil azul de su verano,
que se mató los pájaros del canto
y se quitó la brisa de las alas?
¿Será porque después voy a olvidarla
y al andar su vereda seré extraña?
¿O será que soy yo la que imagina
una mansa y callada despedida?

Lo cierto es que mi escuela
está tan triste
que se arrancó una flor de la mirada
y se puso crespones de silencio
donde estuvo el piar de sus gorriones.

Escuela mía,
iniciación del mundo,
portal de sueños donde inicia el tiempo
de otras historias,
con las batallas que la vida ofrece;
escuela,
tengo que decirte adiós.

Y en este adiós que mi poema teje,
 hay cinco otoños de mi adolescencia
que en tu silencio y en tu amor, se quedan.


   -@-

lunes, 16 de octubre de 2017

Y fue ayer



   Fue la última vez que leímos para un acto. El último acto se cerraba con nuestro adiós un poco inconsciente y casi infantil. 
   En la imagen, desde la derecha: Angerosa Imas, la directora que reemplazó a Cuesta, la Señora de Burd, que nos trató como a hijos y hasta nos cedió su casa para alguna despedida, Pepa Buyatti, Kely González y la inesperada sonrisa de nuestra querida Pocha Vigil. Al fondo los abanderados.
   Con un pie en el escalón, la alumna, que empieza a bajar hacia el mundo... definitivamente.





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jueves, 12 de octubre de 2017

La música


   El padre cantaba. Galopas, guaranias y chamamés. La radio nos zamulló en la música pop. La Normi- Nurit nos introduzco en la música progresiva. Y la Preciada Levin nos enseñó la alegría de la música de su tiempo.
   A grito pelado cantábamos:
"En un bosque de la China 
una china se perdió 
y como yo era un perdido 
nos encontramos los dos. 
(.....)"
   La canción, que podría inscribirse en el género picaresco, fue censurada en el año siguiente por la pudibundez de Sarita Pajón.
-¡En un bosque de la China, Señorita! 
-No, nonono, "eso" no.
   Pero Preciada no solo nos hizo conocer aquella canción de ingenua provocación, sino también tangos y valses de delicado y vaporoso romanticismo. Y entre ellos venía, como una perla negra, con una belleza que, paradojalmente, nos resultaba exótica, una guarania.
   Con aquella música entreteníamos el camino de ida y vuelta y a veces andábamos todo el día desanudando, con malísimo oído, las deliciosas notas que siempre se nos escapaban. Así fue que el Virginio escuchó nuestro balbuceo y agarró la guitarra y cantó completa aquella guarania, mirando al cielo, como si en ese telón fueran pasando uno a uno los días de su juventud.
   Desde entonces, hemos querido con mayor ternura a aquella vieja graciosa que con voz cascada nos enseñó a cantar:
 "India... bella mezcla de diosa y pantera"


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miércoles, 4 de octubre de 2017

Tarjeta de invitación









                                                                              -@-

domingo, 1 de octubre de 2017

Tríptico de Margo y el vestido amarillo
I

Cual madura granada tu sonrisa
en noche diamantina desplegaba
resplandores de estrellas encantadas
ante el pórtico abierto de la vida.

Ojitos negros llenos de chispitas,
su gracejo de ingenua picaresca,
acompañaban la rosada y fresca.
aduraznada luz de tu mejilla.

De indiferente cisne, fresco cuello
establecía el ritmo acicalado
al río de silencio de tu pelo.

Y, en lo hondo del liviano talle esbelto,
un rojo corazón apasionado
atizaba la hoguera de los sueños.

II

Aleteaban tus manos laboriosas
sobre la trama tibia del tejido,
mullendo como a plumas en un nido
su amalgama de lanas y de rosas.

Claras manos de hostia y sacramento,
con las uñas esmaltadas de morisco
urdían delicadas el motivo
de travieso y mentido atrevimiento.

En tu cálida palma refulgía
el rosáceo fulgor de primavera
cuando rasga la cáscara del día.

Y por tal enumerada galanura,
cercamos de amarillas parameras
la corola gentil de tu cintura.

III

Y una noche dorada y luminosa
te paseamos por céntrica avenida
que esplendía fulgente y florecida,
rendida a tu belleza esplendorosa.

A veces, cuando llega primavera,
aún deslumbra tu boca de granada,
aún tu pelo aletea su cascada,
aún la estrella del cielo se despliega.

Entonces, de la plaza en sus orillas,
recupero la esencia de aquel vino
de dorado fluir de maravilla

que, cachorros de tierno desatino,
bebimos de la fuente de la dicha
inventada en la flor de tu vestido.

Foto: Memphis No

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martes, 19 de septiembre de 2017

Te queremos, Negrito, te queremos




   Eran tres, muy distintos. 
   Pocha Vigil, más distante que una pared, apechugando el invierno con un ponchito de lana, bien norteño pero del tamaño de aquellas capitas que las abuelas llamaban mañanitas. Ojalá el ponchito se haya vuelto alas, Pochita, para transitar esas alturas por las que andarás ahora. Y ojalá al vernos llenos de años y de recuerdos se te dibuje una sonrisa, una sonrisilla al menos, para que María Silvia te vea sonreír un poquitín, ya que nosotros no llegamos a saber si tenías sonrisa.
   Kely González venía desde el mundo de los adultos, pertrechada con sus anteojos rotundos y su gesto imperturbable. 
   Pero nuestro preceptor estrella era, y será, no creo que haya alguien que no esté de acuerdo, el Negrito Levin. Era el benjamín de Doña Preciada, profesora de Música y del peluquero Levin, sobre quien se explaya Don Jacobo Garber en su crónica de los primeros años de la Villa.
    Cuando llegamos a la vida del Negrito , él no era un novato, tenía diez años de antigüedad y una postura canchera y displicente de quien ya conoce el oficio. Pero la Promoción 73-77 le quemó los papeles. Debe haber sentido un gran alivio cuando nos fuimos, debe haber aplaudido bien fuerte cuando aquella lluvia de aplausos nos despidió para siempre de la tibieza de aquel patio y de las rabietas del Negrito.
   Nunca supimos nosotros, los discretos, que iniquidades le hacían las traviesas del curso. Risa estrepitosa, algún alarido, tal vez, unas lindas piernas caminando sobre los bancos... En las horas libres la convivencia se hacía agotadora y hacía crisis. El Negro aplicaba medidas disciplinarias colectivas y zanjaba la cuestión: nos ponía en fila bajo el sol bravo de la media mañana y él se apostaba como un vigilante nazi, dispuesto a escarmentarnos para el resto de la vida. 
   Nadie protestaba por la medida arbitraria y un tanto absurda, las diabluras se repetían en la hora libre de la semana siguiente y a veces hasta nos divertíamos con aquel castigo ingenuo que lo perjudicaba más a él que a nosotros.
   Hace cincuenta y cinco años que el Negrito vigila, distraído y todavía adolescente, aun cargado de canas, esos patios anegados de jolgorio del "Maestro Sarmiento": cinco años de alumno, bodas de oro como docente. Pero en cincuenta años, Negro Levín, decinos: ¿tuviste otra promoción como la del 77? No lo creemos.
   Tampoco nosotros hemos tenido a nadie que nos haya sacado al patio y haya asoleádose tan estoicamente solo por corregir nuestras impertinencias. Cuarenta años después venimos a pedirte un pequeño perdón y a decirte lo que vos siempre sospechaste: ¡Te queremos, Negrito, te queremos!


La foto la robamos de face. Je.

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lunes, 18 de septiembre de 2017

Ay, amor...




   Eran los años de enamorarse. Amores tempraneros y secretos, amores imposibles y dolientes. Amores de días de escuela, del horario de salida o de Educación Física. Amores de parejitas que se sentaban juntas y cruzaban la plaza de la mano. Novios desde primer año, segundo, tercero y cuarto.
   Había romances fuera de la escuela, romances de barrio que casi siempre terminaban en casamiento. Podríamos hacer la lista, pero seremos discretos. Por eso solo dejamos esta canción para que cada uno recuerde lo que le apetezca.


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El breque


   Íbamos en bicicleta a la escuela. Pero en ocasiones, si había que hacer mandados, íbamos en el carro a Educación Física. Era un breque, o sea un modelo de coche de paseo familiar del siglo XIX. En su origen había tenido capota y es probable que hasta tapizado. Los más paquetes solían ser negros pero podía hallarse alguno de color blanco o marfil. 
   Mi padre lo hizo restaurar con el Pelado Kolonisky: tres asientos, el de adelante y dos atrás, a los costados. Lo pintó de color verde jade y las ruedas rojo rubí. Era de un solo tiro.
   La yegua se llamaba Nieve, era robusta, hermosa, dócil y dulce, pero potente y veloz. 
   Era obligación darle una vuelta a la manzana de J.U.V.A. con las chicas, que disfrutaban del paseo como si estuvieran en Disney. 
   Fue lo primero que recordó Margo cuando la visité en su casa, casi treinta años después de nuestro egreso. Es el recuerdo que me trae Alicia, a casi cuarenta años sin vernos.
   Aquel carro que nos paseó por las cálidas calles de Villa Angela,  aquella mansa yegua, aquellas alegrías, forman parte de las postales de esos días. 


Un breque verde jade
y una yegua nevada 
traquetean nocturnos suburbios 
cálidos de cigarras.


Galope encandilado, 
no se detiene y sigue, 
nos lleva por un cielo estrellado 
hacia un patio oloroso de gallinas 
y dalias.


Ha galopado décadas, 
anda cruzando un margen de tiempo interminable, 
piafa la yegua blanca 
y un puñado de hermanos 
regresan en el breque 
al patio de la infancia.
(Humanitas -Parábolas y escenas- 2013)


La familia, con tíos de visita: el breque y Nieve. 

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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Sonrisa de bibliotecaria





    Fue Elsy Gorostizu quien nos dijo que ahí había un rincón lleno de libros. Y allá fuimos. Subíamos aquella escalera de película con alegres expectativas. Íbamos al encuentro del asombro.
   La biblioteca estaba ubicada en la planta alta del Municipio y se llamaba "Marcelo de Philippis"; había sido un legado de aquel chaqueñero de los días del segundo ciclo chaqueño a la comunidad donde vivió largos años de trabajo y lectura.
   Ahí encontramos los "Puntos luminosos" de Alfredo Veiravé, "Juan Salvador Gaviota" de Richard Bach , irónicos enredos de paradojas.
   La bibliotecaria era una mujer hermosa y dulce que nos trataba como si nos conociera desde siempre. Nos dejaba mirar los lomos un poco ajados y elegir el que quisiéramos sin interferir. Anotaba el préstamo, ya no recordamos si en una ficha o en un cuaderno, y adornaba la despedida con aquella sonrisa enorme, dibujada con labial rojo.
   Nos parecía lo más normal del mundo que la guardiana de ese tesoro fuera hermosa y gentil, era obvio que en la gruta de las maravillas la cuidadora fuera un hada.
   Un día encontramos allí "Tierra Caliente" de José del Carmen Nieto. Habíamos demorado la devolución porque la novela era tan apasionante que tuvimos que leerla en voz alta para toda la familia, lo cual nos absorbió unas dos o tres semanas. Cuando fuimos a devolverla, al final de aquella escalera solo había un gran espacio vacío.
   Eran los años setenta, el proceso militar, las hogueras alimentadas con libros y los silencios infinitos. Apenas llegamos a saber que ella había enfermado y muerto en cuestión de días.
   Los libros quedaron archivados durante años en la biblioteca "Almafuerte" y resurgieron a la vida en un barrio periférico donde se los resguardó en un edificio apropiado.
   Muchos años después dilucidamos el misterio: ella no era un hada, era la esposa de un diputado peronista, el que fuera el diputado más joven de la historia argentina y que, siempre batiendo récords, estuvo preso todos aquellos años de dictadura: Juan Manuel Carancho Ramirez.
   Aún atesoramos aquel libro, que se nos quedó en las manos como un legado inmerecido pero apreciado; el legado de un lector empedernido, de un tiempo atravesado por las amargas penumbras de la historia y de una mujer de la que nunca supimos el nombre pero de quién no hemos olvidado su sonrisa.



                                  http://www.villaangelahoy.com.ar/nota/9072/la-biblioteca-popular-marcelo-de-philippis-celebro-sus-bodas-de-oro 


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viernes, 8 de septiembre de 2017

Igual que una flor




   Era como ver una orquídea rara en un patio sencillo, entre otras plantas comunes, de esas que todo el mundo pone en las macetas. Esbelta, grácil y ágil, se distinguía por su encanto, ese toque de brisa y ritmo que la envolvía como un aura y la instalaba en el borde de la magia y el sueño.
   Con ella aprendimos a juntar hongos y líquenes, a desnudar en una hoja seca el profuso laberinto de sus nervaduras, ejercitamos con una curiosidad nueva un nuevo arte de ver el mundo. Cada hoja tenía un nombre, cada nombre era una nueva palabra con su música y su rima: lanceolada, peciolada... 
   Sus clases eran una fiesta de dinamismo físico y mental: en puntas de pie recorría el espacio de la pizarra desde un extremo al otro en un baile apasionado de dibujos y explicaciones. Una ristra de dibujitos agraciados y el retintín de su voz suavemente nasal se quedaban con nosotros cuando ella escapaba, elegante y pulcra, de la niebla de tiza y asombro con que imbuía el aula.
   No alcanzaría esta página para enumerar los recuerdos que de ella nos quedaron: desde la delicadeza en el vestir hasta el vuelo incorpóreo de sus manos, desde el esquema del ciclo de reproducción del musgo hasta la entusiasta carpeta de campo que armamos en grupo en aquel último año. 
   No alcanza esta página en blanco para dibujar el minucioso universo que construía su sonrisita de dientitos de conejo y su flexible y luminosa inteligencia. 
   María Otilia Carignano era aquella "vara de nardos" que alegraba nuestra epicúrea curiosidad. Como una flor, se murió joven. Pero a veces, en nuestros recuerdos, su  sonrisa aletea... como un aroma.


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martes, 5 de septiembre de 2017

Si decimos ayer


Hablamos del pasado porque el pasado 
es la única certeza, 
es lo que ya no se puede cambiar 
y, sin embargo, 
se cuenta cada vez de otro modo, 
con detalles que nacen de la pura nostalgia, 
de la luz 
que esos días le imprimen al presente.

Hablamos del pasado porque nunca sabremos 
si somos o seremos; 
pero, en cambio, guardamos cuadernos con palabras, 
                                                      sobres con mariposas, 
                                                      libros con flores secas, 
fotografías grises que exhalan sonrisas juveniles, 
invitaciones, tarjetas, garabatos gravados 
en los márgenes 
                         de aquellos azules mapas rivadavia.

Hablamos del pasado 
para no detenernos en el presente vano... 
y para no ver 
                     lo estrecho que se ha vuelto el futuro.

Foto: Memphis No

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martes, 29 de agosto de 2017

El director... el profesor


   Con esos ojos que parecían dos balines a punto de dispararse en un golpe de honda y unas pocas frases secas, el profesor de dibujo ponía claro sobre oscuro con un trazo de lápiz. Se llamaba Orlando Eloy Cuesta y era el director del Bachillerato N° 5 en aquellos años. Era escultor. He visto alguna obra suya en la casa de algún colega suyo de aquellos días.
   Su severidad era proverbial. Pero vista con el caleidoscopio de cuatro décadas... su estilo no deja de despertarnos una sonrisa.
   Con él no valían las argucias de gata de las niñas que ensayaban su eterno femenino para suavizar las asperezas del profesor: -¡Sientesé bien! ¿Qué le parece si yo viniera aquí a mostrarle las piernas?- Y se levantó el pantalón para exponer una pierna chueca y peluda. Aún así, la morocha aquella, que andaba por unos pícaros diecisiete y en los últimos carnavales se había lucido como bastonera de "Iberá" cruzó el aula mordisqueando la cabeza del lápiz y ondeando sugestivamente la breve falda de su guardapolvo en busca de ayuda: -Si puede mover el bastón de la comparsa también puede mover el lápiz.
   Podía ser tolerante. Nos daba lecciones sobre la línea del horizonte y la perspectiva. Después nos sacaba a la plaza. De regreso al aula visaba resignado los plumeros que querían representar palmeras y otras vanguardistas perversiones plásticas. Instalaba sobre el escritorio alguna combinación de formas y volúmenes y nosotros devolvíamos una lamentable representación en lápiz negro que sólo él podía reconocer como dibujo.
   Era capaz de un elevado umbral de resistencia a la frustración. Aun sabiendo que entre nosotros no había ningún Rafael y ni aun un triste Modigliani, se esmeraba en enseñarnos técnicas. Para tercero ya íbamos por el óleo y el gravado. 
   Intentamos el gravado en una baldosa de plástico. Hicimos todo el engorroso proceso hasta tener el sello más o menos tallado. El último día el profesor entintó con un rodillo cada una de las planchas y nos hizo sellar con ellas una hoja de canso número 5. El resultado final era decepcionante. Yo había intentado grabar un caracol marino. El resultado en el papel era peor que decepcionante, era humillante. Hice un bollo con aquello y lo arrojé lejos de mi. 
   Entonces el profesor comenzó el visado de los trabajos. Cuando me llamó le dije que lo había desechado. -¿Porqué?- dijo. -Era muy feo. -Tiene un uno.
   Se llamaba Orlando Eloy Cuesta y dejó la dirección de la escuela justo antes de que egresáramos. Volví a verlo en Resistencia. Salíamos de clase de Humanidades. Íbamos del brazo con un novio de esos días y de pronto estaban ahí aquellos severos ojos , el mismo traje marrón, la severa cara de profesor. Pasé a su lado apabullada de timidez, sin saludarlo. No he vuelto a verlo.
   Se llamaba Orlando Eloy Cuesta. Los colegas lo recordaban como 'el petiso Cuesta', y todavía veo a Chiquitín Schoppler haciéndole bromas sobre su pasión peronista. Por eso tal vez toleraba nuestra plebeyez artística. Ejercitaba la paciencia tratando de educar al soberano. 


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jueves, 24 de agosto de 2017

Los grupos y las calles


   Se fueron esos días, claro que si. Nuestra nostalgia es mansa y dulce, sobrevuela un hálito de dicha y gratitud por esas horas compartidas en las aulas vetustas y luminosas del caserón casi colonial de Pasteur y San Martín. El cuchicheo oportuno, los debates incoherentes y entusiastas bajo la sonrisa tolerante de Noriega en las horas de ERSA, la desazón frente a la amenaza de prueba o de lección, la risa y el barullo en las clases de música o de labores. 
   Cuando aquella profesora de Ciencias de la Educación intentó hacer un sociograma para conocer como funcionaban las relaciones en nuestro curso, apenas pudo decir como conclusión: -Es un grupo muy heterogéneo. En una época de rebeliones y represiones éramos un pequeño muestrario de la vida del país, un grupo que intentaba ser democrático hasta dónde se podía, con muchachas ruidosas, contestatarias, y muchachos que jamás se involucraban en las discusiones o las rencillas.
   En cuarto año, para algunas materias, nos organizaron en tres grupos y entonces fue mucho más visible esa distribución de las complicidades y los acuerdos. Los conflictos de clase, los prejuicios raciales, las diferencias ideológicas, los méritos y desméritos, fluían libremente generando acuerdos tácitos y simpatías explícitas entre pequeños grupos. Acá, Mirta y Normi sumaban a su amistad la compañía del vecindario. Ahí Mirta Rundio e Hilda Salinas, aliadas en su mutismo, se sumían en su misterio. Allá Elsi reunía las voces cantantes de los proyectos extraclase: bailes, asados, viaje a Córdoba, etc.
   Al volver, íbamos por nuestra calle Pasteur los del Porvenir y más allá. La primera que se bajaba del grupo era  Normi Weshler, después se iban Teté y Margo, en seguida los muchachos, vecinos del bulevar, Tuny, Torres, Huachita. Con Tere seguíamos hasta La Rioja, a veces con Huachita llegábamos juntos hasta al bulevar. Después era el sol del Chaco sobre los callejones, el barullo de sus risas que se apagaba de a poco, masticar los argumentos inconclusos que nos posicionaban de este lado... inevitablemente.
   También era imaginar por qué calles irían los otros: los que invadían la plaza porque vivían en el centro: Elsi, Analía, Gladis, el gringo Elias. O los que iban por 1° de Mayo: Alicia, Emilio, Margo y Teté cuando no venían por Pasteur. Algunos se iban hacia el sur, Norita Ríos, por ejemplo.
   Eramos una bandada grande,porque siempre estábamos mezclados con los del "B".Y cuando salíamos por la pequeña verja hacia el ardido mediodía volábamos fatigados, hambrientos, pero ruidosos, en grupos que el camino a casa había impregnado de camaradería y confianza. 
   El último día, nos despidió con un aplauso toda la escuela. Algunos lloraban... Yo no. Lloré después...


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jueves, 10 de agosto de 2017

Homenaje

A Francisco Noriega, que se fue hoy.


Qué puedo darle a tu muerte, qué decirle,
qué flores regalarle a la guitarra
que colgaste a morirse de silencio; 
con cuál de las gaviotas rescatarle
el vuelo a la novela que intentabas, 
qué candela encender en la cornisa 
de los sueños quemados por los días. 

Mejor juntar con la hojarasca del recuerdo 
los menudos guijarros de aquel tiempo
y enumerar lo que me diste de prestado:
la duda, la humildad... y la costumbre
de andar en alpargatas por la vida.

Tanto hubiera querido enajenarte
esa sapiencia que alzabas lentamente
en el índice doctoral, avizor, deletéreo.

Me esforcé, te digo que lo hice,
eludí las trampas del sistema 
y cerré las compuertas del torrente
que arrastra las criaturas a la nada:
enseñé a preguntar, traté de hacerlo...
ojalá no te fueras... sin saberlo.


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viernes, 7 de julio de 2017

El cantor

   ¡Aquellos años del 'nuevo folclore argentino'! Un tiempo mítico, desde donde lo quieras mirar. Fuimos los niños de los años sesenta: un universo de cambios estructurales e ideológicos en el mundo. Si, ya no solo en Occidente. El Oriente traía su dulce fragor animista, el viaje a la profundidad del yo, la plenitud de la consciencia, los monjes con sus túnicas color azafrán y la leyenda inspiradora de un gurú indú que hizo una guerra de independencia sin más armas que un cayado de pastor y con la mera protección de una cabra apacible. Occidente se escabullía de la tercera posición. La muchachada se rebelaba en Francia y en América Latina. El rock se hizo universal y la nueva ola dejó al aire las piernas de las mujeres y las melenas de los varones. Palito cantaba "la felicidad, ja, ja, ja..."
   Los años setenta arrullaron nuestra edad del pavo con el resplandor de la Utopía, y nos escupieron a los ojos la ponzoña pérfida del destripamiento de nuestros candorosos sueños. El escupitajo fue tan ácido que muchos perdieron para siempre el tercer ojo invisible, ese que desnuda lo profundo esencial. Y así quedamos, bajo el reinado de los tuertos, ensordecidos por la algazara de la idiotez.
   Pero, cómo seguiría la historia, no lo sabíamos aún, por lo que éramos juvenilmente dichosos, como corresponde serlo antes de los diecisiete. Así fue que, mientras que toda una generación era silenciada y masacrada, nosotros, los de entonces, cantábamos. Cantábamos ciegos y sordos a lo que acechaba en el destino, guiados por la voz y la guitarra de Jorge Díaz.
   Jorge era nuestro Carlos Torres Vila y no nos cansábamos de hacerlo repetir el tema estrella de su repertorio: 'Ladrón de amor'.
   Lo vimos, muchos años después, sobre el escenario del Pre-Cosquín de Santa Sylvina. Era el mismo Jorge Díaz de siempre, sencillo hombre de pueblo, enamorado del canto, cincelando sin descanso el ala esquiva con que echar a volar los sueños de juventud. Lo aplaudimos con emoción pero no fuimos a saludarlo. Nos quedamos por muchos días recuperando aquel aire del quinto año, cuando el cantor era la bandera sonora de nuestra promoción.



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martes, 20 de junio de 2017


El paño azul

   Las heladas de la mañana oscura y las pestañas pesadas de rocío. El entusiasmo o la desazón, según fuera día de Liliana o el Lolo. El Lolo dictaba una matemática vacía de sentido que sacaba de un librito gris como su voz. Liliana leía metáforas y sucesos con una voz áspera y frágil, como su vida.
   Muchas veces también nos hacía leer a nosotros. Se enojaba cuando entonábamos mal o errábamos los acentos. Pero era feliz leyendo y nos contagió ese regocijo que da el contacto con el libro humilde, de autor sin ambiciones, el librito frágil que se atesora para siempre porque nos ayudó a crecer.
   "Shunko", de Jorge Washington Abalos fue nuestra lectura obligatoria en segundo año. Niños de raza india, otra lengua, otra cultura, temerosos de la cultura blanca, de sus instituciones, de sus rituales desconocidos y exóticos, niños campesinos habitan el libro.
   El primer día de clases Shunko se pone lindo y camina tembloroso hacia la escuela. Lo primero que ve es la bandera susurrante en lo alto de un algarrobo. "Anshka", piensa Shunko; azul... roja hubiera sido más linda.
   Años después Shunko es un subsidiario más del símbolo y su abanico de sentidos, el símbolo que aúna  esta tierra brava, este cielo tan pleno y distante, este pueblo dividido e inconstante. Y sonríe Shunko y, cuando encuentra el trapo azul y blanco susurrando en manos de las brisas calientes de su lar, su corazón recita emocionado los versos de Juan Chassaing:

Página eterna de argentina gloria,
melancólica imagen de la patria,
núcleo de inmenso amor desconocido
que en pos de ti me arrastras,
¿bajo qué cielo flameará tu paño
que no te siga sin cesar mi planta?




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http://www.lanacion.com.ar/2620-shunko-evoca-a-su-maestro
http://www.lanacion.com.ar/1483532-un-simbolo-que-no-pierde-vigencia
http://anylaucuaderno.blogspot.com.ar/2014/03/a-mi-bandera.html

domingo, 30 de abril de 2017

Los mortales


Ella nos da zarpazos, dentelladas…
Primero es vida y nos arrebata la infancia,
la alegría, el amor,  la juventud, las ganas…
En su escabrosa huella vamos perdiendo dones,
incesantemente;
afanosos y necios deseamos la fuente,
la ajena fuente inagotable, como si fuera nuestra…

Hasta que empieza a acosarnos de cerca, 
como una jauría de invisibles dientes, 
a dentelladas sigue nuestros pasos y se lleva, 
un día innominado, 
al Elías de mansas timideces, 
la cara sin sonrojos de la Petaca, 
que fue mi amiga en la niñez esquiva,
(la Petaquita pálida y menuda, 
con la que compartimos un amor incierto 
por un galán de doce primaveras 
//galán esquivo que nos dejó el silencio 
y las preguntas 
y el ínfimo tabú de su recuerdo// ).
Después la Nancy. 
Sus labios finos, 
sus manos anchas picando la pelota, 
esa actitud de lucha, vivaz como una loba… 
y sin embargo…

Ahora es la muerte.
Viene gruñendo, 
viene a desbrozar el campo, 
a cosechar los locos corazones.

Seremos polvo en callado retorno 
a  la corriente imperturbable, 
girando, fluyendo, en el río de luz 
que nos reuniera por unos cuantos días.

Otra vez, acaso, 
nos reuniremos en un mínimo sueño, 
circunstancial y vívido, 
para después de nuevo desmigarnos, 
absurdamente eternos… 
                                       y mortales.

                                     -*-