jueves, 10 de agosto de 2017

Homenaje

A Francisco Noriega, que se fue hoy.


Qué puedo darle a tu muerte, qué decirle,
qué flores regalarle a la guitarra
que colgaste a morirse de silencio; 
con cuál de las gaviotas rescatarle
el vuelo a la novela que intentabas, 
qué candela encender en la cornisa 
de los sueños quemados por los días. 

Mejor juntar con la hojarasca del recuerdo 
los menudos guijarros de aquel tiempo
y enumerar lo que me diste de prestado:
la duda, la humildad... y la costumbre
de andar en alpargatas por la vida.

Tanto hubiera querido enajenarte
esa sapiencia que alzabas lentamente
en el índice doctoral, avizor, deletéreo.

Me esforcé, te digo que lo hice,
eludí las trampas del sistema 
y cerré las compuertas del torrente
que arrastra las criaturas a la nada:
enseñé a preguntar, traté de hacerlo...
ojalá no te fueras... sin saberlo.


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viernes, 7 de julio de 2017

El cantor

   ¡Aquellos años del 'nuevo folclore argentino'! Un tiempo mítico, desde donde lo quieras mirar. Fuimos los niños de los años sesenta: un universo de cambios estructurales e ideológicos en el mundo. Si, ya no solo en Occidente. El Oriente traía su dulce fragor animista, el viaje a la profundidad del yo, la plenitud de la consciencia, los monjes con sus túnicas color azafrán y la leyenda inspiradora de un gurú indú que hizo una guerra de independencia sin más armas que un cayado de pastor y con la mera protección de una cabra apacible. Occidente se escabullía de la tercera posición. La muchachada se rebelaba en Francia y en América Latina. El rock se hizo universal y la nueva ola dejó al aire las piernas de las mujeres y las melenas de los varones. Palito cantaba "la felicidad, ja, ja, ja..."
   Los años setenta arrullaron nuestra edad del pavo con el resplandor de la Utopía, y nos escupieron a los ojos la ponzoña pérfida del destripamiento de nuestros candorosos sueños. El escupitajo fue tan ácido que muchos perdieron para siempre el tercer ojo invisible, ese que desnuda lo profundo esencial. Y así quedamos, bajo el reinado de los tuertos, ensordecidos por la algazara de la idiotez.
   Pero, cómo seguiría la historia, no lo sabíamos aún, por lo que éramos juvenilmente dichosos, como corresponde serlo antes de los diecisiete. Así fue que, mientras que toda una generación era silenciada y masacrada, nosotros, los de entonces, cantábamos. Cantábamos ciegos y sordos a lo que acechaba en el destino, guiados por la voz y la guitarra de Jorge Díaz.
   Jorge era nuestro Carlos Torres Vila y no nos cansábamos de hacerlo repetir el tema estrella de su repertorio: 'Ladrón de amor'.
   Lo vimos, muchos años después, sobre el escenario del Pre-Cosquín de Santa Sylvina. Era el mismo Jorge Díaz de siempre, sencillo hombre de pueblo, enamorado del canto, cincelando sin descanso el ala esquiva con que echar a volar los sueños de juventud. Lo aplaudimos con emoción pero no fuimos a saludarlo. Nos quedamos por muchos días recuperando aquel aire del quinto año, cuando el cantor era la bandera sonora de nuestra promoción.



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martes, 20 de junio de 2017


El paño azul

   Las heladas de la mañana oscura y las pestañas pesadas de rocío. El entusiasmo o la desazón, según fuera día de Liliana o el Lolo. El Lolo dictaba una matemática vacía de sentido que sacaba de un librito gris como su voz. Liliana leía metáforas y sucesos con una voz áspera y frágil, como su vida.
   Muchas veces también nos hacía leer a nosotros. Se enojaba cuando entonábamos mal o errábamos los acentos. Pero era feliz leyendo y nos contagió ese regocijo que da el contacto con el libro humilde, de autor sin ambiciones, el librito frágil que se atesora para siempre porque nos ayudó a crecer.
   "Shunko", de Jorge Washington Abalos fue nuestra lectura obligatoria en segundo año. Niños de raza india, otra lengua, otra cultura, temerosos de la cultura blanca, de sus instituciones, de sus rituales desconocidos y exóticos, niños campesinos habitan el libro.
   El primer día de clases Shunko se pone lindo y camina tembloroso hacia la escuela. Lo primero que ve es la bandera susurrante en lo alto de un algarrobo. "Anshka", piensa Shunko; azul... roja hubiera sido más linda.
   Años después Shunko es un subsidiario más del símbolo y su abanico de sentidos, el símbolo que aúna  esta tierra brava, este cielo tan pleno y distante, este pueblo dividido e inconstante. Y sonríe Shunko y, cuando encuentra el trapo azul y blanco susurrando en manos de las brisas calientes de su lar, su corazón recita emocionado los versos de Juan Chassaing:

Página eterna de argentina gloria,
melancólica imagen de la patria,
núcleo de inmenso amor desconocido
que en pos de ti me arrastras,
¿bajo qué cielo flameará tu paño
que no te siga sin cesar mi planta?




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http://www.lanacion.com.ar/2620-shunko-evoca-a-su-maestro
http://www.lanacion.com.ar/1483532-un-simbolo-que-no-pierde-vigencia
http://anylaucuaderno.blogspot.com.ar/2014/03/a-mi-bandera.html

domingo, 30 de abril de 2017

Los mortales


Ella nos da zarpazos, dentelladas…
Primero es vida y nos arrebata la infancia,
la alegría, el amor,  la juventud, las ganas…
En su escabrosa huella vamos perdiendo dones,
incesantemente;
afanosos y necios deseamos la fuente,
la ajena fuente inagotable, como si fuera nuestra…

Hasta que empieza a acosarnos de cerca, 
como una jauría de invisibles dientes, 
a dentelladas sigue nuestros pasos y se lleva, 
un día innominado, 
al Elías de mansas timideces, 
la cara sin sonrojos de la Petaca, 
que fue mi amiga en la niñez esquiva,
(la Petaquita pálida y menuda, 
con la que compartimos un amor incierto 
por un galán de doce primaveras 
//galán esquivo que nos dejó el silencio 
y las preguntas 
y el ínfimo tabú de su recuerdo// ).
Después la Nancy. 
Sus labios finos, 
sus manos anchas picando la pelota, 
esa actitud de lucha, vivaz como una loba… 
y sin embargo…

Ahora es la muerte.
Viene gruñendo, 
viene a desbrozar el campo, 
a cosechar los locos corazones.

Seremos polvo en callado retorno 
a  la corriente imperturbable, 
girando, fluyendo, en el río de luz 
que nos reuniera por unos cuantos días.

Otra vez, acaso, 
nos reuniremos en un mínimo sueño, 
circunstancial y vívido, 
para después de nuevo desmigarnos, 
absurdamente eternos… 
                                       y mortales.

                                     -*-

miércoles, 19 de abril de 2017

Guachita de mi nostalgia


   Los Sandoval, más allá de 'El Porvenir', eran más que una familia. Eran una especie de clan. Los acompañaba una especie de ruido distintivo: música, celebraciones religiosas que arrastraban creyentes desde todos los extremos humildes de la ciudad, campeonatos de fútbol, el alcohol y cierta mística de la convivencia popular y promiscua. Un mundo aparte.
   También aparte estaba uno de los hermanos.Era empleado municipal, portero/sereno del cementerio. Nunca contestábamos su saludo cuando pasábamos por ahí. Nos habían enseñado a no prestar atención ni responder si alguien nos dirigía la palabra en la calle. Menos aun si era un hombre mayor. Menos que menos si era un Sandoval.
   Este era bajito, más que sus hermanos. Iba siempre prolijo y era robusto, con ese estilo gaucho que se ponía de manifiesto en los criollos que en los años sesenta se acercaron a las periferias de las ciudades por la crisis del campo. Le decían Guacha (Huacha) Colí, en alusión al pequeño rebenque que usan los jinetes para incentivar a su caballo. Huacha, de guasca, cuero sobado (o sea, apenas curtido), suela blanda. Y colí, palabra guaraní, que significa corto. El sobrenombre era una redundancia.
   Debe haber sido en tercer año cuando llegó a nuestra división un nuevo compañero. Tenía un desmechado flequillo color pasto tostado al sol, ojitos chispeantes y la sonrisa mas tierna que haya visto en mi vida. Se llamaba Juan Carlos Sandoval pero todos le decían Guachita. Era el hijo de Guacha Colí.
   Con Guachita compartíamos el regreso en muchas ocasiones, charlábamos de un montón de cosas, le contábamos confidencias y chismes, lo interrogábamos sobre un romance que había tenido y que no prosperó. Fuimos grandes amigos.
   Guachita era dulce, paciente, tímido y caballeroso. Con gentil ternura nos regaló un gran póster con las imágenes de los galanes de Hollywood  de aquellos años, entre los que destacaban los negros ojos de Al Pacino. Guardé muchos años aquel póster, hasta que una inundación empastó los negros ojos de Pacino con la tristona expresión de Dustin Hoffman.
   Creo recordar que la última vez que lo vi a Guachita yo andaba por mi segundo receso universitario. Hace mucho más de treinta años.
   Extraño a Guachita. Me gustaría que nos encontráramos antes del final y, compartiendo un mate que se irá poniendo tibio y desabrido, nos contáramos algunas de las tantas cosas que nos pasaron en este largo, largo tiempo en que no nos hemos visto.



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martes, 18 de abril de 2017

Tríptico de Nurit, la judía


I

En redes de señales luminosas
encontré desplegada tu sonrisa,
lejana como altísima estrellita
en transcurrir de errancia glamorosa.

Herencia soterrada de tu gente,
abrevabas la brasa de distancia
con un vinagre pleno de fragancia
destinado al agobio de tu frente.

Ajena al menosprecio y a la burla,
estabas en el borde de la pena,
y en tu puño apretado, la ternura

era un carozo de calor constante;
bajo mansa ceniza, llama plena,
disimulado corazón quemante.

II

Líricos sefardíes retoñaban
en la memoria de tu clara casta:
tierna, desentonada, canturreabas
romances con relatos de batallas.

La piel de leche, de satín y rosas
asomaba a tu seno exuberante
y altiva en la nariz avasallante
la raza se ofrecía portentosa.

Escribías palabras de misterio
con signos que Jehová fraguó en la piedra
con la iracunda huella de su dedo.

Y algún día te irías con los tuyos
a los kibutz lejanos de tu tierra,
que poblaban los sueños de tu orgullo.   

III

Iluminada por profunda historia
de tradiciones y sabiduría,
tu transparente inteligencia abría
panales de misterio y de memoria.

El candor de antiquísimos rituales
sazonaba tu casa y tu alacena,
que ofrecías, magnánima y serena,
enseñando domésticos caudales.

Con amable y gentil delicadeza
nos dejaste un obsequio a cada una.
Y te marchaste al reino de la estrella.

La palidez austera de tu cara
aún florecerá bajo esa luna
que alumbrara los pasos del patriarca.




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viernes, 14 de abril de 2017

María Silvia


A veces me despierto pensando
                            en María Silvia.
Y le hago preguntas del tipo:
¿Dónde vive tu hermana?
¿Y tus hijos que hacen?
¿Ya tenés algún nieto?
Pero pronto hago cuentas
que ya vino la muerte
con su nieve y su fuego.

Yo recuerdo una niña 
de largo pelo rubio 
con ondas en las puntas, 
dos grandes ojos llenos 
de asombro y timidez 
y un hociquito tierno 
de nena malcriada: 
una caperucita perdida 
en la floresta de los enormes bancos 
de nuestro primer grado.

A veces me despierto pensando
                            en María Silvia.
Y veo una princesa 
con cara de manzana, 
con mohines de virgen 
pueril y remilgada, 
blancas manos de lirio 
en las que implosionaba 
el rubí empurpurado 
de sus uñas pintadas: 
ingenua Melibea 
de sombra encandilada 
bajo la luz dichosa 
del aula secundaria.

A veces me despierto pensando
                            en María Silvia.
Entonces, una muchacha fresca 
me cuenta, entre las gotas 
de una liviana lluvia, 
su esperanza de amor 
recién empimpollada.

…Después… desde muy lejos, 
con cara triste y blanca, 
me dice adiós, alzando 
la mano en la distancia.



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