lunes, 16 de octubre de 2017

Y fue ayer



   Fue la última vez que leímos para un acto. El último acto se cerraba con nuestro adiós un poco inconsciente y casi infantil. 
   En la imagen, desde la derecha: Angerosa Imas, la directora que remplazó a Cuesta, la Señora de Burd, que nos trató como a hijos y hasta nos cedió su casa para alguna despedida, Pepa Buyatti, Kely Gonzalez y la inesperada sonrisa de nuestra querida Pocha Vigil. Al fondo los abanderados.
   Con un pie en el escalón, la alumna, que empieza a bajar hacia el mundo... definitivamente.




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jueves, 12 de octubre de 2017

La música


   El padre cantaba. Galopas, guaranias y chamamés. La radio nos zamulló en la música pop. La Normi- Nurit nos introduzco en la música progresiva. Y la Preciada Levin nos enseñó la alegría de la música de su tiempo.
   A grito pelado cantábamos:
"En un bosque de la China 
una china se perdió 
y como yo era un perdido 
nos encontramos los dos. 
(.....)"
   La canción, que podría inscribirse en el género picaresco, fue censurada en el año siguiente por la pudibundez de Sarita Pajón.
-¡En un bosque de la China, Señorita! 
-No, nonono, "eso" no.
   Pero Preciada no solo nos hizo conocer aquella canción de ingenua provocación, sino también tangos y valses de delicado y vaporoso romanticismo. Y entre ellos venía, como una perla negra, con una belleza que, paradojalmente, nos resultaba exótica, una guarania.
   Con aquella música entreteníamos el camino de ida y vuelta y a veces andábamos todo el día desanudando, con malísimo oído, las deliciosas notas que siempre se nos escapaban. Así fue que el Virginio escuchó nuestro balbuceo y agarró la guitarra y cantó completa aquella guarania, mirando al cielo, como si en ese telón fueran pasando uno a uno los días de su juventud.
   Desde entonces, hemos querido con mayor ternura a aquella vieja graciosa que con voz cascada nos enseñó a cantar:
 "India... bella mezcla de diosa y pantera"


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miércoles, 4 de octubre de 2017

Tarjeta de invitación









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domingo, 1 de octubre de 2017

Tríptico de Margo y el vestido amarillo
I

Cual madura granada tu sonrisa
en noche diamantina desplegaba
resplandores de estrellas encantadas
ante el pórtico abierto de la vida.

Ojitos negros llenos de chispitas,
su gracejo de ingenua picaresca,
acompañaban la rosada y fresca.
aduraznada luz de tu mejilla.

De indiferente cisne, fresco cuello
establecía el ritmo acicalado
al río de silencio de tu pelo.

Y, en lo hondo del liviano talle esbelto,
un rojo corazón apasionado
atizaba la hoguera de los sueños.

II

Aleteaban tus manos laboriosas
sobre la trama tibia del tejido,
mullendo como a plumas en un nido
su amalgama de lanas y de rosas.

Claras manos de hostia y sacramento,
con las uñas esmaltadas de morisco
urdían delicadas el motivo
de travieso y mentido atrevimiento.

En tu cálida palma refulgía
el rosáceo fulgor de primavera
cuando rasga la cáscara del día.

Y por tal enumerada galanura,
cercamos de amarillas parameras
la corola gentil de tu cintura.

III

Y una noche dorada y luminosa
te paseamos por céntrica avenida
que esplendía fulgente y florecida,
rendida a tu belleza esplendorosa.

A veces, cuando llega primavera,
aún deslumbra tu boca de granada,
aún tu pelo aletea su cascada,
aún la estrella del cielo se despliega.

Entonces, de la plaza en sus orillas,
recupero la esencia de aquel vino
de dorado fluir de maravilla

que, cachorros de tierno desatino,
bebimos de la fuente de la dicha
inventada en la flor de tu vestido.

Foto: Memphis No

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martes, 19 de septiembre de 2017

Te queremos, Negrito, te queremos




   Eran tres, muy distintos. 
   Pocha Vigil, más distante que una pared, apechugando el invierno con un ponchito de lana, bien norteño pero del tamaño de aquellas capitas que las abuelas llamaban mañanitas. Ojalá el ponchito se haya vuelto alas, Pochita, para transitar esas alturas por las que andarás ahora. Y ojalá al vernos llenos de años y de recuerdos se te dibuje una sonrisa, una sonrisilla al menos, para que María Silvia te vea sonreír un poquitín, ya que nosotros no llegamos a saber si tenías sonrisa.
   Kely González venía desde el mundo de los adultos, pertrechada con sus anteojos rotundos y su gesto imperturbable. 
   Pero nuestro preceptor estrella era, y será, no creo que haya alguien que no esté de acuerdo, el Negrito Levin. Era el benjamín de Doña Preciada, profesora de Música y del peluquero Levin, sobre quien se explaya Don Jacobo Garber en su crónica de los primeros años de la Villa.
    Cuando llegamos a la vida del Negrito , él no era un novato, tenía diez años de antigüedad y una postura canchera y displicente de quien ya conoce el oficio. Pero la Promoción 73-77 le quemó los papeles. Debe haber sentido un gran alivio cuando nos fuimos, debe haber aplaudido bien fuerte cuando aquella lluvia de aplausos nos despidió para siempre de la tibieza de aquel patio y de las rabietas del Negrito.
   Nunca supimos nosotros, los discretos, que iniquidades le hacían las traviesas del curso. Risa estrepitosa, algún alarido, tal vez, unas lindas piernas caminando sobre los bancos... En las horas libres la convivencia se hacía agotadora y hacía crisis. El Negro aplicaba medidas disciplinarias colectivas y zanjaba la cuestión: nos ponía en fila bajo el sol bravo de la media mañana y él se apostaba como un vigilante nazi, dispuesto a escarmentarnos para el resto de la vida. 
   Nadie protestaba por la medida arbitraria y un tanto absurda, las diabluras se repetían en la hora libre de la semana siguiente y a veces hasta nos divertíamos con aquel castigo ingenuo que lo perjudicaba más a él que a nosotros.
   Hace cincuenta y cinco años que el Negrito vigila, distraído y todavía adolescente, aun cargado de canas, esos patios anegados de jolgorio del "Maestro Sarmiento": cinco años de alumno, bodas de oro como docente. Pero en cincuenta años, Negro Levín, decinos: ¿tuviste otra promoción como la del 77? No lo creemos.
   Tampoco nosotros hemos tenido a nadie que nos haya sacado al patio y haya asoleádose tan estoicamente solo por corregir nuestras impertinencias. Cuarenta años después venimos a pedirte un pequeño perdón y a decirte lo que vos siempre sospechaste: ¡Te queremos, Negrito, te queremos!


La foto la robamos de face. Je.

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lunes, 18 de septiembre de 2017

Ay, amor...




   Eran los años de enamorarse. Amores tempraneros y secretos, amores imposibles y dolientes. Amores de días de escuela, del horario de salida o de Educación Física. Amores de parejitas que se sentaban juntas y cruzaban la plaza de la mano. Novios desde primer año, segundo, tercero y cuarto.
   Había romances fuera de la escuela, romances de barrio que casi siempre terminaban en casamiento. Podríamos hacer la lista, pero seremos discretos. Por eso solo dejamos esta canción para que cada uno recuerde lo que le apetezca.


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El breque


   Íbamos en bicicleta a la escuela. Pero en ocasiones, si había que hacer mandados, íbamos en el carro a Educación Física. Era un breque, o sea un modelo de coche de paseo familiar del siglo XIX. En su origen había tenido capota y es probable que hasta tapizado. Los más paquetes solían ser negros pero podía hallarse alguno de color blanco o marfil. 
   Mi padre lo hizo restaurar con el Pelado Kolonisky: tres asientos, el de adelante y dos atrás, a los costados. Lo pintó de color verde jade y las ruedas rojo rubí. Era de un solo tiro.
   La yegua se llamaba Nieve, era robusta, hermosa, dócil y dulce, pero potente y veloz. 
   Era obligación darle una vuelta a la manzana de J.U.V.A. con las chicas, que disfrutaban del paseo como si estuvieran en Disney. 
   Fue lo primero que recordó Margo cuando la visité en su casa, casi treinta años después de nuestro egreso. Es el recuerdo que me trae Alicia, a casi cuarenta años sin vernos.
   Aquel carro que nos paseó por las cálidas calles de Villa Angela,  aquella mansa yegua, aquellas alegrías, forman parte de las postales de esos días. 


Un breque verde jade
y una yegua nevada 
traquetean nocturnos suburbios 
cálidos de cigarras.


Galope encandilado, 
no se detiene y sigue, 
nos lleva por un cielo estrellado 
hacia un patio oloroso de gallinas 
y dalias.


Ha galopado décadas, 
anda cruzando un margen de tiempo interminable, 
piafa la yegua blanca 
y un puñado de hermanos 
regresan en el breque 
al patio de la infancia.
(Humanitas -Parábolas y escenas- 2013)


La familia, con tíos de visita: el breque y Nieve. 

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